...Te hacen creer toda la vida que la adultez es el final del viaje. ¿Qué sabén ellos?
domingo, 21 de agosto de 2016
Coming of age
De repente, un domingo por la tarde, te das cuenta que las películas que relatan los conflictos de los veinti-casitreintañeros ya no representan un universo ajeno. Te pertenecen. La identificación funciona a un nivel superior, tan profundo, penetrante, intenso, que no es hasta ese momento que descubrís que creciste. Ahí, sentado en el futón, pensando en que mañana se labura y así funciona el mundo (mal, pero funciona), con tu gato presionando descuidadamente las teclas, te percatas de que las preguntas adolescentes, y sus precarias respuestas, dejaron de ser misterios para vos. Que ahora hay otros interrogantes, laberintos de sentido en los que no alcanzan los caminos de miga de pan ni atarse un hilo a la cintura, porque la respuesta es perderse una vez y otra y otra...
jueves, 3 de diciembre de 2015
De formas y fondos: la venganza de los "anti"
El 22 de noviembre pasado la derecha neoliberal argentina logró tomar el poder de forma legitima, mediante el voto popular, por primera vez en más de 200 años de historia. Lograron lo que antes sólo habían podido conseguir a base de fraudes o golpes militares: más aún, lo consiguieron mostrando absoluta transparencia respecto de sus medidas antipopulares. Insólito. Farsesco. Rozando el absurdo.
Me sería imposible abordar en su totalidad, en apenas una entrada de blog, las múltiples causas que dieron lugar a este fenómeno. Por esa razón, voy a explayarme respecto de una de las razones que, a mi entender, es crucial para comprender la derrota del kirchnerismo y el panorama que se avecina a partir del 10 de diciembre. Se trata ni más ni menos de un problema de forma y fondo.
Me sería imposible abordar en su totalidad, en apenas una entrada de blog, las múltiples causas que dieron lugar a este fenómeno. Por esa razón, voy a explayarme respecto de una de las razones que, a mi entender, es crucial para comprender la derrota del kirchnerismo y el panorama que se avecina a partir del 10 de diciembre. Se trata ni más ni menos de un problema de forma y fondo.
No es ninguna novedad que el terreno de la disputa política,
hoy por hoy, son los medios de comunicación. Tampoco que, desde los 90 hasta
aquí, asistimos a un proceso de “espectacularización” de la política, con la
cual los atributos personales, la historia de vida, los datos anecdóticos de un
candidato adquieren mayor relevancia que su plan de gobierno. La contienda pasa
hoy por caerle simpático al público, por gustar, por generar confianza y
complicidad, es decir, por construir una imagen que resulte atrayente al
electorado. Ganar visibilidad es lo que cuenta, tanto que las plataformas de
cada partido se desdibujan frente al carisma de sus voceros y su capacidad de
amalgamar y generar identificación de ciertos grupos de gente. Es decir, que
estamos en un contexto en el cual la forma de la política, el discurso, la
parafernalia mediática tienen una capacidad de cooptación de importancia
capital. Pero esta capacidad requiere de una audiencia despolitizada, ¿y qué
mejor que aquellos que se definen como “anti”?
Los votantes de Cambiemos son un grupo variopinto: podemos
encontrar desde gente que tiene muy en claro cuál es el proyecto que propone el
Ingeniero Macri y lo eligen porque los beneficia (por ejemplo, el sector
terrateniente, que ya se relame con la quita de retenciones a sus productos)
hasta gente clase media y/o de sectores populares que realmente consideran que
era la mejor opción (no sabría decirles basándose en qué, porque no he
conseguido que me lo expliquen). Pero sin lugar a dudas, al menos desde mi
experiencia concreta, la mayoría de los votantes Macristas son los
autodenominados “antikirchneristas”.
¿Qué es lo que define a un “anti”? Lo define el desprecio
profundo por otro, que es la encarnación de todos los males. No es lo mismo ser
“anti” que ser opositor. El opositor tiene una identidad claramente definida,
tiene proyectos concretos, ideas acerca de cómo se deberían hacer las cosas,
claridad conceptual respecto de aquello a lo que se opone. El “anti” no es
nada. El “anti” sólo puede definirse como “esto que odia aquello”, como eso que
“no es aquello”. De hecho, durante la última década la oposición al gobierno
nacional (salvo los partidos de izquierda, que tienen una identidad claramente
definida) fue más “anti” que nunca. Se formaron frentes partidarios irrisorios,
bolsas de gatos que recogían a los caídos de otros partidos, mamarrachos
ideológicos que se caían a pedazos no bien fallaba su intento de destronar al
kirchnerismo (podemos mencionar acá a UNEN, la alianza entre Alfonsín hijo y De
Narváez, el trapecismo temerario de Lilita Carrió con cuanta dirigencia
política se le cruzó, etc.). Pero fuera de la arena política, los “anti” se
fueron consolidando y aferrándose a esa identidad vacía. Con el tiempo, ser
antikirchnerista se transformó en una moda: integrarse a ese grupo era tener de
qué quejarse en la oficina, hacerse eco de cuanto rumor turbio respecto de Cristina
anduviera dando vueltas, indignarse (que a esta altura es el deporte nacional),
etc. Ser “anti” era más fácil que no serlo, porque el “anti” no discrimina:
mete en la misma bolsa a gente totalmente disímil, cuyos intereses comunes y
visiones del mundo no pueden coincidir en absolutamente NADA salvo en, claro
está, el odio a la “yegua” y las “kukas”. El “anti”, en consecuencia, es pura
forma, y es la forma la que lo convoca.
Ahora bien, el kirchnerismo confió ciegamente en el fondo.
Confió en que la clase media, a la que le hicieron frente discursivamente, iba
a tener una percepción clara del fondo, de que salieron de la lona, de que tienen
cada vez más laburo, de que se les abrieron puertas. Confiaron en que a esa
gente no le iba a importar que Scioli no fuera al primer debate presidencial,
que no iban a reparar en la candidatura de un tipo como Aníbal Fernández y lo
iban a votar igual por el bien de “el proyecto”. Confiaron en que la gente, a
fin de cuentas, no vota de acuerdo a quién considera que es soberbio, quien le
cae un poco mejor, quien le parece más “copado”. Creyeron que la gente iba a
mirar el bolsillo y los derechos ganados, que “el laburante vota al peronismo”,
cuando claramente los llamados laburantes ya no son los mismos. Creyeron
verdaderamente que sin entrar aunque sea un poco en el juego mediático, sin
arrimarse desde otro lugar, sin esforzarse por cambiar algunos vicios, iban a
ganar de todas formas porque frente a ellos estaba lo peor de la derecha
nacional. Y perdieron…perdieron porque esa derecha era pura forma, puro
estuche, y como tal, llevó consigo a todos los “anti”, congregados en
procesión, que no reparan en el fondo. En lo que sí reparan es en la forma, que
no es otra que el acto triunfal, la aniquilación del enemigo, el orgasmo
liberador de 12 años de indignación colectiva. La consecuencia de esto, por
supuesto, es que no se les puede cuestionar respecto de los motivos de su
elección ni confrontarlos con las contradicciones de la misma. Actos de
revanchismo ridículos tales como festejar que al Vicepresidente Amado Boudou no
se le permitirá salir del país por estar procesado mientras que votaron al
primer presidente en la historia que asume en esas condiciones. El gabinete
fantasmal de individuos nefastos con prontuarios extensos y pésimos
antecedentes. Saber que las medidas económicas van a destruir su poder
adquisitivo y festejarlo igual, porque se fue la “yegua”, la “puta”, la “montonera”.
Por eso, reaccionan mostrando los dientes. Por eso, si les preguntas qué tenía
de superadora la alternativa de Mauricio Macri responden con insultos, con
agravios, o directamente no responden.
¿Era el kirchnerismo el gobierno perfecto? Sin duda no lo
era, y claramente no iba a poder superarse a sí mismo porque el peronismo es
reformista, nunca revolucionario. Pero algunos teníamos la esperanza de que
finalizara con una propuesta superadora, con un paso adelante y no tres para
atrás.
¿Son todos los votantes macristas? No. Claramente habrá
algunos con los que se pueda dialogar y que realmente hayan escogido esta alternativa
por el fondo (si los ven, avísenme, ya gasté mucho tiempo y energía) Pero acá
triunfó la forma vacía y, así como ese engendro pseudoperiodístico que fue
Periodismo Para Todos cumplió su función y se retira, los “anti” se dispersan
por el mundo esperando una nueva oportunidad de volver a quejarse, volver a
buscar una forma en la cual cobijarse o, tal vez, caer en la cuenta de que el
fondo de lo votado es más oscuro que las fantasías de gobiernos dictatoriales y
“así no se puede más” que habían construido.
jueves, 2 de julio de 2015
Mesita y después
Ante todo voy a aclarar que no tengo intenciones de formular juicios de valor sobre la performance realizada ayer por la tarde en mi querida Facultad de Ciencias Sociales.No creo que este tipo de experiencia sea susceptible de etiquetarse como algo que está bien o mal. Sí creo que logró perfectamente su objetivo que fue generar preguntas, y a esas preguntas me voy a remitir.
¿Qué entendemos por espacio público? ¿Quien define lo que se puede o no se puede hacer en ese espacio? ¿Se podría haber hecho una performance de estas características dentro de un aula, con una advertencia explícita de lo que ocurría adentro para que sólo accedieran los interesados? Sí. ¿Hubiera sido una intervención en ese caso, con la misma fuerza y repercusión? Claramente no.
Por otro lado, se pone en juego el debate de si era artístico o no. En mi opinión no se trataba de una muestra artística, era una intervención totalmente disrruptiva, pensada para generar polémica volcando sobre la mesa (literal) al sexo y todos los tabúes y prejuicios que aún hoy, en pleno siglo XXI, conlleva. Es una carga muy pesada para el deseo humano tener lugares específicos donde realizarse, roles concretos,prácticas que estan bien vistas y prácticas que no. En ese sentido, la intervención fue política, no apunto a lo estético, sino a remover en nosotros los fantasmas y supuestas verdades en torno a algo tan simple como coger.
Una de las cosas más violentas que generó la performance fue el fuego cruzado entre compañeros de nuestra facultad, entre aquellos que aprobaban la muestra y quieren la repudieraron sin miramientos. Un desfile de pseudointelectuales y no tanto midiéndose (midiéndonos, me hago cargo) los "micrófonos" a ver quién es más progre o quién está del lado de "la razón". De esta experiencia destaco lo siguiente: a mí me parece que aquél que no disfrutó de la performance tiene todo el derecho a expresarlo y a considerar que de algún modo su moral se vió afectada. Sí, todos tenemos moral, que no es lo mismo que moralina, y la misma puede verse perturbada. Porque independientemente de que todos tenemos sexo y la mayoría alguna vez miró porno, lo que choca es el espacio en el que eso sucede. Entonces, cuando el goce sale de la caja y de la habitación cerrada del cuarto, es lógico que haya quien no se sienta a gusto con esa exposición. Por eso, banco infinitamente al que diga "No me gustó", "Me avergonzó", etc. Pero cuando los argumentos pasan por el "respeto a las instituciones", porque "las cosas fueron así siempre, por lo tanto, hay que respetarlas", por "¿Qué van a decir de nosotros?", habla de falta de reflexión crítica. No invalidan el derecho a la opinión, pero sí plantean varios interrogantes acerca de hasta qué punto las normas y buenas costumbres nos penetran y no hay experiencia académica que rompa nuestra visión sesgada.
¿Qué es lo que molestó de esta performance? ¿El deseo puro y crudo en un espacio que desconcierta? ¿Que el espacio no era el "apropiado" (otro día discutimos en términos de quién)? ¿Qué es lo que nos aterra del acto sexual público? ¿Qué es lo que vuelve a esta pequeña muestra más repudiable e indignante que las corridas de San Fermín? ¿Por qué nos confronta y nos incomoda el sexo?
Del mismo modo podríamos preguntarnos, ¿había otras formas de abrir el debate? ¿Hubiera sido más bienvenido si se hubiera presentado como, por ejemplo, la proyección de una película porno de Erika Lust? ¿El problema fué el acto en vivo, la desacralización del espacio académico, la exhibición del deseo como estructura subyacente de la social, como poder inconmensurable?
Para terminar, considero que este debate, del modo que se da en los medios (es decir, estéril y carente de contenido) hace que pasen desapercibidas cosas que verdaderamente son motivo de repudio, como esta noticia. En algún punto nuestra sociedad se rasga las vestiduras con el sexo a plena luz del día mucho más que con la vejación del cuerpo en las sombras.
Defiendo incuestionablemente a quienes vivieron esto como una experiencia innovadora. Defiendo incuestionablemente a quienes se sintieron ofendidos. Todo sirve y todo es válido mientras esto nos generé eternas charlas de bar preguntándonos por qué el mundo es cómo es y cómo queremos que sea.
jueves, 11 de junio de 2015
Polaris
La nariz fría y olor a leña, a carbón, a algo que se quema. El olor inconfundible que deja el paso del fuego.
¿Cuántas veces te dijeron que NO? A nadie le gusta el NO, el NO lastima, cortajea la piel, rompe los huesos. El NO es como un ventarrón que apaga de un soplido las velas encendidas de tu alma, te deja en una oscuridad impenetrable, baila en tu cara y se pierde a tus espaldas, veloz y mortífero como una serpiente.
¿Cuántas veces, después de ese NO, se abrió una puerta? El viento violento la abre a tus espaldas, al principio no la ves, y te sentís confundido y solo en un mar de niebla. Pero tarde o temprano nos damos vuelta, porque el cuerpo sabe, no nos miente y siente que hay luz. Siempre hay luz en algún lado y, por eso, es divertido jugar con la propia sombra. Con el tiempo alcanza con cerrar los ojos y esperar, el olor familiar, el fuego que quema y acerca su rastro a tu nariz helada porque, aún débil y maltratado, el invierno vuelve a Buenos Aires. Cuando el invierno vuelve es tiempo de parar, de abrazar la sombra y de quedarse quieto, muy quieto, porque la luz está por ahí. El aire se congela, encapucha la nariz, y entre tanto fuego encendido a cielo abierto oís claramente a la vida que te espera pidiendo que no desesperes, que te des vuelta.
¿Cuántas veces te dijeron que NO? A nadie le gusta el NO, el NO lastima, cortajea la piel, rompe los huesos. El NO es como un ventarrón que apaga de un soplido las velas encendidas de tu alma, te deja en una oscuridad impenetrable, baila en tu cara y se pierde a tus espaldas, veloz y mortífero como una serpiente.
¿Cuántas veces, después de ese NO, se abrió una puerta? El viento violento la abre a tus espaldas, al principio no la ves, y te sentís confundido y solo en un mar de niebla. Pero tarde o temprano nos damos vuelta, porque el cuerpo sabe, no nos miente y siente que hay luz. Siempre hay luz en algún lado y, por eso, es divertido jugar con la propia sombra. Con el tiempo alcanza con cerrar los ojos y esperar, el olor familiar, el fuego que quema y acerca su rastro a tu nariz helada porque, aún débil y maltratado, el invierno vuelve a Buenos Aires. Cuando el invierno vuelve es tiempo de parar, de abrazar la sombra y de quedarse quieto, muy quieto, porque la luz está por ahí. El aire se congela, encapucha la nariz, y entre tanto fuego encendido a cielo abierto oís claramente a la vida que te espera pidiendo que no desesperes, que te des vuelta.
viernes, 29 de mayo de 2015
Cosas, rosas, fosas
En París existe una costumbre, una tradición, un ritual curioso (entre muchos otros, por supuesto). Al parecer los enamorados colocan candados en las barandas del conocido Puente de las Artes y arrojan la llave al Sena, simbolizando la eternidad de su amor. Ahí, ¡PAF!, en un segundo, sellan un instante para siempre, de cara al río. Imagino a las parejas, borrachas de vino y de encanto, corriendo al puente en plena madrugada, riendo a carcajadas, tomados de la mano, preparados para encerrar una porción de tiempo en esas orillas. Qué obsesión intensa tenemos por frenar el tiempo, congelarlo, etiquetarlo, colgarlo en un aparador. Atesorar el instante feliz.
Sin embargo, este lunes la ensoñación parisina se despierta y los candados van a ser removidos, reemplazados por paneles transparentes. Aparentemente el peso de los candados hizo ceder el hierro de las barandas, por lo cual no queda más remedio. Del lado de la ingeniería civil, la opción lógica e inevitable. Del lado de acá, en este escritorio, en esta oficina, un poquito de pena. Son tan pintorescas las costumbres citadinas, aquí, allá y en cualquier parte. ¿Se imaginan, por un instante, que el candado efectivamente mantuviera a las parejas unidas? ¡Escándalo en París! ¡La mitad de los habitantes de la urbe sufren rupturas bruscas! Testimonio en primer plano:
“Mi novio salió a andar en bicicleta a las 12:30. A las 14 nuestro candado cayó de la baranda. 14:15 estaba en la puerta amontonando sus cosas.”
“La noche del domingo, mi novia y yo decidimos casarnos. Al día siguiente no pudimos ni tocarnos la ropa.”
Cosas por el estilo, en los principales periódicos, la magia rota en las calles, la esperanza consumida. Yo, si fuera una joven enamorada parisina, esperaría pacientemente para dibujar con marcador indeleble un candadito, pequeño y rosado, sobre el panel. Día tras día, la mampara se llenaría de candados, candaditos, candadotes. Una obra de arte, una intervención callejera, el Sena loco de alegría porque vuelve a ver en primera fila las promesas, los besos, los intentos efusivos e incendiarios de quitarle el tiempo su puta costumbre de pasar sin detenerse.
martes, 24 de marzo de 2015
Acuarelas
Cuando estuve lista, por primera vez, dibujé mis rulos incordiosos, mi mirada curiosa, mi tendencia a llenar de muecas mi discurso. Dibujé palmo a palmo mi figura, de la cabeza a los pies y, después de unos cuantos borradores, por fin dije: "Esta soy yo". Reconociéndome en los trazos de tinta dispersos en el papel, decidí volcar mi marca de nacimiento, un par de lunares, y todo aquello que me permitiera volver a encontrarme si me perdí.
Cuando lo consideré oportuno, dibuje un departamento chiquito y luminoso. De ese bosquejo hice un mundo colorido, lo llené de gente buena, tan buena que me sigue dando gusto pintarlos una y otra vez. Lo llené de sueños y de decepciones porque sino, ¿cómo habría de aprender a dibujar mejor? Y mientras yo dibujada, minutos de arena caían sobre la mesa.
Cuando fuí valiente, dibujé un trabajo, una primera vez enfrentada mano a mano con la práctica, un terror absoluto a no ser nunca suficiente. ¿No era suficiente? Pero si en mi dibujo estaba completa. ¡Esa soy yo! Pero no me veo. Que difícil es no verse, que triste.
Pero definitivamente, ¡esa soy yo! Y cuando esa pintura imperfecta estuvo lista dibujó dos duendes redondos y les regaló su alma para siempre. Pintó en detalle playas frente al mar y montañas escondidas en lo más profundo. Coloreó con todo detalle a sus hermanos de crayón y tiza.
Esa, ese bosquejo imposible, fué la que cansada de quemar puentes resolvió dibujar uno, cruzarlo, y pintar en el otro extremo un ser luminoso, y gritar a los cuatro vientos que lo merecía. Después de tanto arte glorioso, alma mía, ¿qué pinceles te faltan? ¿Qué sombras te detienen?
Cuando estuve lista, pinté estas palabras, incadescentes como las estrellas. ¿No las ven? ¿No me ven? Soy un graffiti en todas las paredes.
Cuando lo consideré oportuno, dibuje un departamento chiquito y luminoso. De ese bosquejo hice un mundo colorido, lo llené de gente buena, tan buena que me sigue dando gusto pintarlos una y otra vez. Lo llené de sueños y de decepciones porque sino, ¿cómo habría de aprender a dibujar mejor? Y mientras yo dibujada, minutos de arena caían sobre la mesa.
Cuando fuí valiente, dibujé un trabajo, una primera vez enfrentada mano a mano con la práctica, un terror absoluto a no ser nunca suficiente. ¿No era suficiente? Pero si en mi dibujo estaba completa. ¡Esa soy yo! Pero no me veo. Que difícil es no verse, que triste.
Pero definitivamente, ¡esa soy yo! Y cuando esa pintura imperfecta estuvo lista dibujó dos duendes redondos y les regaló su alma para siempre. Pintó en detalle playas frente al mar y montañas escondidas en lo más profundo. Coloreó con todo detalle a sus hermanos de crayón y tiza.
Esa, ese bosquejo imposible, fué la que cansada de quemar puentes resolvió dibujar uno, cruzarlo, y pintar en el otro extremo un ser luminoso, y gritar a los cuatro vientos que lo merecía. Después de tanto arte glorioso, alma mía, ¿qué pinceles te faltan? ¿Qué sombras te detienen?
Cuando estuve lista, pinté estas palabras, incadescentes como las estrellas. ¿No las ven? ¿No me ven? Soy un graffiti en todas las paredes.
miércoles, 11 de marzo de 2015
Ouch
Hey vos! Si, a vos te hablo. Vos que estas ahí sentado en tu auto y crees que manejas, que vos controlas, que decidís a dónde vas. Pero no.
La prueba más clara de que no tenemos libertad es el despertador sonando cada mañana, a la misma hora, empujándonos a la rutina, a esa locura silenciosa que de a poco nos apaga, nos quiebra, nos mata. No hay nada más fácil que poner el piloto automático y levantarse de la cama para ir a trabajos insanos, a cumplir el deber, a maniatar el artista que llevamos adentro. Todo transcurre con total normalidad hasta que un día, de repente, cometes el pecado de cuestionarte. Entonces, como las fichas del dominó, todo se derrumba, se derriten las paredes como si fueran cera de vela, te tapan, te ahogan.
Decime vos, ¿estudiaste lo que realmente querías, o lo que te dijeron mamá y papá? ¿Te gusta tu trabajo? ¿Te gusta el lugar donde vivis? ¿Te levantas todos los días con una puta razón que no sea simplemente respirar?
Disculpame, no era mi intención molestar. Yo sé que es más fácil, más cómodo, más lindo seguir ignorando que cuando el reloj suena, cuando el piloto automático está encendido, dejar de ser libre. Es duro saber que la libertad tiene algunas horas por día para que la tomes, muy pocas. Pero yo...que se yo, elegí ver. Duele como un río de alcohol en las heridas, pero se siente a vida como por primera vez.
La prueba más clara de que no tenemos libertad es el despertador sonando cada mañana, a la misma hora, empujándonos a la rutina, a esa locura silenciosa que de a poco nos apaga, nos quiebra, nos mata. No hay nada más fácil que poner el piloto automático y levantarse de la cama para ir a trabajos insanos, a cumplir el deber, a maniatar el artista que llevamos adentro. Todo transcurre con total normalidad hasta que un día, de repente, cometes el pecado de cuestionarte. Entonces, como las fichas del dominó, todo se derrumba, se derriten las paredes como si fueran cera de vela, te tapan, te ahogan.
Decime vos, ¿estudiaste lo que realmente querías, o lo que te dijeron mamá y papá? ¿Te gusta tu trabajo? ¿Te gusta el lugar donde vivis? ¿Te levantas todos los días con una puta razón que no sea simplemente respirar?
Disculpame, no era mi intención molestar. Yo sé que es más fácil, más cómodo, más lindo seguir ignorando que cuando el reloj suena, cuando el piloto automático está encendido, dejar de ser libre. Es duro saber que la libertad tiene algunas horas por día para que la tomes, muy pocas. Pero yo...que se yo, elegí ver. Duele como un río de alcohol en las heridas, pero se siente a vida como por primera vez.
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