La nariz fría y olor a leña, a carbón, a algo que se quema. El olor inconfundible que deja el paso del fuego.
¿Cuántas veces te dijeron que NO? A nadie le gusta el NO, el NO lastima, cortajea la piel, rompe los huesos. El NO es como un ventarrón que apaga de un soplido las velas encendidas de tu alma, te deja en una oscuridad impenetrable, baila en tu cara y se pierde a tus espaldas, veloz y mortífero como una serpiente.
¿Cuántas veces, después de ese NO, se abrió una puerta? El viento violento la abre a tus espaldas, al principio no la ves, y te sentís confundido y solo en un mar de niebla. Pero tarde o temprano nos damos vuelta, porque el cuerpo sabe, no nos miente y siente que hay luz. Siempre hay luz en algún lado y, por eso, es divertido jugar con la propia sombra. Con el tiempo alcanza con cerrar los ojos y esperar, el olor familiar, el fuego que quema y acerca su rastro a tu nariz helada porque, aún débil y maltratado, el invierno vuelve a Buenos Aires. Cuando el invierno vuelve es tiempo de parar, de abrazar la sombra y de quedarse quieto, muy quieto, porque la luz está por ahí. El aire se congela, encapucha la nariz, y entre tanto fuego encendido a cielo abierto oís claramente a la vida que te espera pidiendo que no desesperes, que te des vuelta.
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