Me sería imposible abordar en su totalidad, en apenas una entrada de blog, las múltiples causas que dieron lugar a este fenómeno. Por esa razón, voy a explayarme respecto de una de las razones que, a mi entender, es crucial para comprender la derrota del kirchnerismo y el panorama que se avecina a partir del 10 de diciembre. Se trata ni más ni menos de un problema de forma y fondo.
No es ninguna novedad que el terreno de la disputa política,
hoy por hoy, son los medios de comunicación. Tampoco que, desde los 90 hasta
aquí, asistimos a un proceso de “espectacularización” de la política, con la
cual los atributos personales, la historia de vida, los datos anecdóticos de un
candidato adquieren mayor relevancia que su plan de gobierno. La contienda pasa
hoy por caerle simpático al público, por gustar, por generar confianza y
complicidad, es decir, por construir una imagen que resulte atrayente al
electorado. Ganar visibilidad es lo que cuenta, tanto que las plataformas de
cada partido se desdibujan frente al carisma de sus voceros y su capacidad de
amalgamar y generar identificación de ciertos grupos de gente. Es decir, que
estamos en un contexto en el cual la forma de la política, el discurso, la
parafernalia mediática tienen una capacidad de cooptación de importancia
capital. Pero esta capacidad requiere de una audiencia despolitizada, ¿y qué
mejor que aquellos que se definen como “anti”?
Los votantes de Cambiemos son un grupo variopinto: podemos
encontrar desde gente que tiene muy en claro cuál es el proyecto que propone el
Ingeniero Macri y lo eligen porque los beneficia (por ejemplo, el sector
terrateniente, que ya se relame con la quita de retenciones a sus productos)
hasta gente clase media y/o de sectores populares que realmente consideran que
era la mejor opción (no sabría decirles basándose en qué, porque no he
conseguido que me lo expliquen). Pero sin lugar a dudas, al menos desde mi
experiencia concreta, la mayoría de los votantes Macristas son los
autodenominados “antikirchneristas”.
¿Qué es lo que define a un “anti”? Lo define el desprecio
profundo por otro, que es la encarnación de todos los males. No es lo mismo ser
“anti” que ser opositor. El opositor tiene una identidad claramente definida,
tiene proyectos concretos, ideas acerca de cómo se deberían hacer las cosas,
claridad conceptual respecto de aquello a lo que se opone. El “anti” no es
nada. El “anti” sólo puede definirse como “esto que odia aquello”, como eso que
“no es aquello”. De hecho, durante la última década la oposición al gobierno
nacional (salvo los partidos de izquierda, que tienen una identidad claramente
definida) fue más “anti” que nunca. Se formaron frentes partidarios irrisorios,
bolsas de gatos que recogían a los caídos de otros partidos, mamarrachos
ideológicos que se caían a pedazos no bien fallaba su intento de destronar al
kirchnerismo (podemos mencionar acá a UNEN, la alianza entre Alfonsín hijo y De
Narváez, el trapecismo temerario de Lilita Carrió con cuanta dirigencia
política se le cruzó, etc.). Pero fuera de la arena política, los “anti” se
fueron consolidando y aferrándose a esa identidad vacía. Con el tiempo, ser
antikirchnerista se transformó en una moda: integrarse a ese grupo era tener de
qué quejarse en la oficina, hacerse eco de cuanto rumor turbio respecto de Cristina
anduviera dando vueltas, indignarse (que a esta altura es el deporte nacional),
etc. Ser “anti” era más fácil que no serlo, porque el “anti” no discrimina:
mete en la misma bolsa a gente totalmente disímil, cuyos intereses comunes y
visiones del mundo no pueden coincidir en absolutamente NADA salvo en, claro
está, el odio a la “yegua” y las “kukas”. El “anti”, en consecuencia, es pura
forma, y es la forma la que lo convoca.
Ahora bien, el kirchnerismo confió ciegamente en el fondo.
Confió en que la clase media, a la que le hicieron frente discursivamente, iba
a tener una percepción clara del fondo, de que salieron de la lona, de que tienen
cada vez más laburo, de que se les abrieron puertas. Confiaron en que a esa
gente no le iba a importar que Scioli no fuera al primer debate presidencial,
que no iban a reparar en la candidatura de un tipo como Aníbal Fernández y lo
iban a votar igual por el bien de “el proyecto”. Confiaron en que la gente, a
fin de cuentas, no vota de acuerdo a quién considera que es soberbio, quien le
cae un poco mejor, quien le parece más “copado”. Creyeron que la gente iba a
mirar el bolsillo y los derechos ganados, que “el laburante vota al peronismo”,
cuando claramente los llamados laburantes ya no son los mismos. Creyeron
verdaderamente que sin entrar aunque sea un poco en el juego mediático, sin
arrimarse desde otro lugar, sin esforzarse por cambiar algunos vicios, iban a
ganar de todas formas porque frente a ellos estaba lo peor de la derecha
nacional. Y perdieron…perdieron porque esa derecha era pura forma, puro
estuche, y como tal, llevó consigo a todos los “anti”, congregados en
procesión, que no reparan en el fondo. En lo que sí reparan es en la forma, que
no es otra que el acto triunfal, la aniquilación del enemigo, el orgasmo
liberador de 12 años de indignación colectiva. La consecuencia de esto, por
supuesto, es que no se les puede cuestionar respecto de los motivos de su
elección ni confrontarlos con las contradicciones de la misma. Actos de
revanchismo ridículos tales como festejar que al Vicepresidente Amado Boudou no
se le permitirá salir del país por estar procesado mientras que votaron al
primer presidente en la historia que asume en esas condiciones. El gabinete
fantasmal de individuos nefastos con prontuarios extensos y pésimos
antecedentes. Saber que las medidas económicas van a destruir su poder
adquisitivo y festejarlo igual, porque se fue la “yegua”, la “puta”, la “montonera”.
Por eso, reaccionan mostrando los dientes. Por eso, si les preguntas qué tenía
de superadora la alternativa de Mauricio Macri responden con insultos, con
agravios, o directamente no responden.
¿Era el kirchnerismo el gobierno perfecto? Sin duda no lo
era, y claramente no iba a poder superarse a sí mismo porque el peronismo es
reformista, nunca revolucionario. Pero algunos teníamos la esperanza de que
finalizara con una propuesta superadora, con un paso adelante y no tres para
atrás.
¿Son todos los votantes macristas? No. Claramente habrá
algunos con los que se pueda dialogar y que realmente hayan escogido esta alternativa
por el fondo (si los ven, avísenme, ya gasté mucho tiempo y energía) Pero acá
triunfó la forma vacía y, así como ese engendro pseudoperiodístico que fue
Periodismo Para Todos cumplió su función y se retira, los “anti” se dispersan
por el mundo esperando una nueva oportunidad de volver a quejarse, volver a
buscar una forma en la cual cobijarse o, tal vez, caer en la cuenta de que el
fondo de lo votado es más oscuro que las fantasías de gobiernos dictatoriales y
“así no se puede más” que habían construido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario