jueves, 3 de diciembre de 2015

De formas y fondos: la venganza de los "anti"

El 22 de noviembre pasado la derecha neoliberal argentina logró tomar el poder de forma legitima, mediante el voto popular, por primera vez en más de 200 años de historia. Lograron lo que antes sólo habían podido conseguir a base de fraudes o golpes militares: más aún, lo consiguieron mostrando absoluta transparencia respecto de sus medidas antipopulares. Insólito. Farsesco. Rozando el absurdo.

Me sería imposible abordar en su totalidad, en apenas una entrada de blog, las múltiples causas que dieron lugar a este fenómeno. Por esa razón, voy a explayarme respecto de una de las razones que, a mi entender, es crucial para comprender la derrota del kirchnerismo y el panorama que se avecina a partir del 10 de diciembre. Se trata ni más ni menos de un problema de forma y fondo.

No es ninguna novedad que el terreno de la disputa política, hoy por hoy, son los medios de comunicación. Tampoco que, desde los 90 hasta aquí, asistimos a un proceso de “espectacularización” de la política, con la cual los atributos personales, la historia de vida, los datos anecdóticos de un candidato adquieren mayor relevancia que su plan de gobierno. La contienda pasa hoy por caerle simpático al público, por gustar, por generar confianza y complicidad, es decir, por construir una imagen que resulte atrayente al electorado. Ganar visibilidad es lo que cuenta, tanto que las plataformas de cada partido se desdibujan frente al carisma de sus voceros y su capacidad de amalgamar y generar identificación de ciertos grupos de gente. Es decir, que estamos en un contexto en el cual la forma de la política, el discurso, la parafernalia mediática tienen una capacidad de cooptación de importancia capital. Pero esta capacidad requiere de una audiencia despolitizada, ¿y qué mejor que aquellos que se definen como “anti”?

Los votantes de Cambiemos son un grupo variopinto: podemos encontrar desde gente que tiene muy en claro cuál es el proyecto que propone el Ingeniero Macri y lo eligen porque los beneficia (por ejemplo, el sector terrateniente, que ya se relame con la quita de retenciones a sus productos) hasta gente clase media y/o de sectores populares que realmente consideran que era la mejor opción (no sabría decirles basándose en qué, porque no he conseguido que me lo expliquen). Pero sin lugar a dudas, al menos desde mi experiencia concreta, la mayoría de los votantes Macristas son los autodenominados “antikirchneristas”.

¿Qué es lo que define a un “anti”? Lo define el desprecio profundo por otro, que es la encarnación de todos los males. No es lo mismo ser “anti” que ser opositor. El opositor tiene una identidad claramente definida, tiene proyectos concretos, ideas acerca de cómo se deberían hacer las cosas, claridad conceptual respecto de aquello a lo que se opone. El “anti” no es nada. El “anti” sólo puede definirse como “esto que odia aquello”, como eso que “no es aquello”. De hecho, durante la última década la oposición al gobierno nacional (salvo los partidos de izquierda, que tienen una identidad claramente definida) fue más “anti” que nunca. Se formaron frentes partidarios irrisorios, bolsas de gatos que recogían a los caídos de otros partidos, mamarrachos ideológicos que se caían a pedazos no bien fallaba su intento de destronar al kirchnerismo (podemos mencionar acá a UNEN, la alianza entre Alfonsín hijo y De Narváez, el trapecismo temerario de Lilita Carrió con cuanta dirigencia política se le cruzó, etc.). Pero fuera de la arena política, los “anti” se fueron consolidando y aferrándose a esa identidad vacía. Con el tiempo, ser antikirchnerista se transformó en una moda: integrarse a ese grupo era tener de qué quejarse en la oficina, hacerse eco de cuanto rumor turbio respecto de Cristina anduviera dando vueltas, indignarse (que a esta altura es el deporte nacional), etc. Ser “anti” era más fácil que no serlo, porque el “anti” no discrimina: mete en la misma bolsa a gente totalmente disímil, cuyos intereses comunes y visiones del mundo no pueden coincidir en absolutamente NADA salvo en, claro está, el odio a la “yegua” y las “kukas”. El “anti”, en consecuencia, es pura forma, y es la forma la que lo convoca.

Ahora bien, el kirchnerismo confió ciegamente en el fondo. Confió en que la clase media, a la que le hicieron frente discursivamente, iba a tener una percepción clara del fondo, de que salieron de la lona, de que tienen cada vez más laburo, de que se les abrieron puertas. Confiaron en que a esa gente no le iba a importar que Scioli no fuera al primer debate presidencial, que no iban a reparar en la candidatura de un tipo como Aníbal Fernández y lo iban a votar igual por el bien de “el proyecto”. Confiaron en que la gente, a fin de cuentas, no vota de acuerdo a quién considera que es soberbio, quien le cae un poco mejor, quien le parece más “copado”. Creyeron que la gente iba a mirar el bolsillo y los derechos ganados, que “el laburante vota al peronismo”, cuando claramente los llamados laburantes ya no son los mismos. Creyeron verdaderamente que sin entrar aunque sea un poco en el juego mediático, sin arrimarse desde otro lugar, sin esforzarse por cambiar algunos vicios, iban a ganar de todas formas porque frente a ellos estaba lo peor de la derecha nacional. Y perdieron…perdieron porque esa derecha era pura forma, puro estuche, y como tal, llevó consigo a todos los “anti”, congregados en procesión, que no reparan en el fondo. En lo que sí reparan es en la forma, que no es otra que el acto triunfal, la aniquilación del enemigo, el orgasmo liberador de 12 años de indignación colectiva. La consecuencia de esto, por supuesto, es que no se les puede cuestionar respecto de los motivos de su elección ni confrontarlos con las contradicciones de la misma. Actos de revanchismo ridículos tales como festejar que al Vicepresidente Amado Boudou no se le permitirá salir del país por estar procesado mientras que votaron al primer presidente en la historia que asume en esas condiciones. El gabinete fantasmal de individuos nefastos con prontuarios extensos y pésimos antecedentes. Saber que las medidas económicas van a destruir su poder adquisitivo y festejarlo igual, porque se fue la “yegua”, la “puta”, la “montonera”. Por eso, reaccionan mostrando los dientes. Por eso, si les preguntas qué tenía de superadora la alternativa de Mauricio Macri responden con insultos, con agravios, o directamente no responden.

¿Era el kirchnerismo el gobierno perfecto? Sin duda no lo era, y claramente no iba a poder superarse a sí mismo porque el peronismo es reformista, nunca revolucionario. Pero algunos teníamos la esperanza de que finalizara con una propuesta superadora, con un paso adelante y no tres para atrás.

¿Son todos los votantes macristas? No. Claramente habrá algunos con los que se pueda dialogar y que realmente hayan escogido esta alternativa por el fondo (si los ven, avísenme, ya gasté mucho tiempo y energía) Pero acá triunfó la forma vacía y, así como ese engendro pseudoperiodístico que fue Periodismo Para Todos cumplió su función y se retira, los “anti” se dispersan por el mundo esperando una nueva oportunidad de volver a quejarse, volver a buscar una forma en la cual cobijarse o, tal vez, caer en la cuenta de que el fondo de lo votado es más oscuro que las fantasías de gobiernos dictatoriales y “así no se puede más” que habían construido.

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