martes, 24 de marzo de 2015

Acuarelas

Cuando estuve lista, por primera vez, dibujé mis rulos incordiosos, mi mirada curiosa, mi tendencia a llenar de muecas mi discurso. Dibujé palmo a palmo mi figura, de la cabeza a los pies y, después de unos cuantos borradores, por fin dije: "Esta soy yo". Reconociéndome en los trazos de tinta dispersos en el papel, decidí volcar mi marca de nacimiento, un par de lunares, y todo aquello que me permitiera volver a encontrarme si me perdí.

Cuando lo consideré oportuno, dibuje un departamento chiquito y luminoso. De ese bosquejo hice un mundo colorido, lo llené de gente buena, tan buena que me sigue dando gusto pintarlos una y otra vez. Lo llené de sueños y de decepciones porque sino, ¿cómo habría de aprender a dibujar mejor? Y mientras yo dibujada, minutos de arena caían sobre la mesa.

Cuando fuí valiente, dibujé un trabajo, una primera vez enfrentada mano a mano con la práctica, un terror absoluto a no ser nunca suficiente. ¿No era suficiente? Pero si en mi dibujo estaba completa. ¡Esa soy yo! Pero no me veo. Que difícil es no verse, que triste.

Pero definitivamente, ¡esa soy yo! Y cuando esa pintura imperfecta estuvo lista dibujó dos duendes redondos y les regaló su alma para siempre. Pintó en detalle playas frente al mar y montañas escondidas en lo más profundo. Coloreó con todo detalle a sus hermanos de crayón y tiza. 
Esa, ese bosquejo imposible, fué la que cansada de quemar puentes resolvió dibujar uno, cruzarlo, y pintar en el otro extremo un ser luminoso, y gritar a los cuatro vientos que lo merecía. Después de tanto arte glorioso, alma mía, ¿qué pinceles te faltan? ¿Qué sombras te detienen? 

Cuando estuve lista, pinté estas palabras, incadescentes como las estrellas. ¿No las ven? ¿No me ven? Soy un graffiti en todas las paredes.

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