martes, 12 de agosto de 2014
Sonreirse.
"Este viento la va a despeinar"
La voz del buen señor de boina, clásico como todo caballero porteño nacido en la década del 40, es arrastrada por ese mismo viento hacia atrás, lejos, trepa por los edificios de la Avenida Entre Rios. Y yo, claro está, no llego escucharlo porque tengo la cabeza en flautas y flautines, firuletes y corazones, en mañana a la tarde y qué se yo cuantas cosas más.
"¿Cómo, señor?"
"Este viento la va a despeinar."
Sonrío ante la evidencia de que, por supuesto, el viento ya me despeinó. Sonrío entre una maraña de rulos que se aplastan en mi casa y le respondo: "Claramente, siempre me pasa, tengo muchos rulos."
Tengo muchos rulos. La seña de identidad obligada junto al "hablo hasta por los codos", "creo en las utopías", "amo el helado de chocolate blanco" y demás gansadas que construyen mi perfil, mi identikit borroso y en permanente transformación, Ah, y "si no escribo, no existo". Dudo que esto último vaya a cambiar.
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