Hola mamá, vuelvo a casa de visita. Vuelvo con un par de kilos de más y unas cuantas uñas menos, puede ser. Vuelvo con una batalla ganada. Vuelvo con sueños en la panza, revoloteando como mariposas. Vuelvo con litros de café y de ilusión, con ganas de hablar poquito y decir algo más que lo de siempre, contarte que todo va bien y mejor, aunque alguna vez creí que había llegado al techo.
Te cuento, mamá, que los techos no existen. Rompí todos los que tuve enfrente, con las manos, con los pies, con el cuerpo entero temblando, pero los destrocé salvajemente. No tengo ganas de pedir perdón. No veo por qué habría de hacerlo. Te cuento también que mi sonrisa se debe a muchas cosas, pero sobretodo a algo, algo de lo que no voy a contarte, no esta vez. Te dibujaría acertijos en las paredes, pero es mejor dejarlo así. Si nunca sospechaste los fantasmas en mi cama...
Vuelvo porque de vez en cuando hay que volver y respirar ese aire con olor a adolescencia, caminar las mismas calles y tropezarme de nuevo en las esquinas con lecciones aprendidas. Vuelvo porque desde acá se ven más lindas las estrellas, grandes y brillantes como esas chispas de luz que se te cuelgan de los párpados en los días de verano. Vuelvo porque no soy la de antes, pero hay cosas de las que me quiero acordar. Vuelvo a buscar las últimas muñecas y los primeros libros. Vuelvo a reírme un poco del miedo, del flequillo y de los anteojos culo de botella. Vuelvo porque volviendo se entiende la gente. Vuelvo porque, en realidad, no volví jamás y no volveré nunca. Vuelvo, mamá, porque tengo luz y quiero compartirla, que la veas. y dejar mis rastros en todos lados. Pasan los años y mi ambición más grande sigue siendo ser una luciérnaga.
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