martes, 22 de abril de 2014

Y un día Wendy se fué

Resulta que por fin llegó una mañana en la que Mafalda no se sintió como de costumbre. Una sensación extraña que no se le pasó con el café con leche y las tostadas, sino que la siguió todo el día, fiel como su sombra. Al principio le parecía divertida, pero con el correr de las horas, primero, y de los días después, empezó a preocuparse. Probó de todo: gárgaras de agua tibia y sal, tecito con limón, vinagre y miel en ayunas. Prendió velas, velitas, velones. Hizo la danza de la lluvia (por las dudas). Le rezó a todos los Dioses conocidos, por conocer, y de ficción. Pero no había caso, la sensación, el agua al cuello, habia llegado para quedarse.
Entonces Mafaldita vomitó normalidad,y descubrio con horror que era una mujer como todas las demás. Que también le gustaban los llamados en la madrugada, las palabras tiernas, la miel sobre miel sobre miel. Comprobó que también quería que la abrazaran un poco, que le hicieran una caricia sobre esa piel que tanto se empeñó en hacer de hierro, que tambien quería esa payasada de los apodos, los celos (en su justa medida, eso no cambió), las noches de viernes en el sillón. Quería todo eso que siempre había temido y que la volvía tan igual a todas, tan insoportablemente igual.

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