Latinoamérica es una colcha de retazos de colores, un conjunto
infinito de jardines perdidos, de gente que sueña sueños y sueños que
sueñan gente. Latinoamérica es una tragicomedia de siglos que avanza de
a pasos que parecen cortos, pero cada paso deja huellas más profundas.
El continente, cuando late, convierte en barro el cemento.
Latinoamérica
huele a vida y a miedo, ese miedo que le han dejado tatuado en las
sienes, ese miedo que cada tanto la hace frenar de golpe en su carrera
hacia un futuro, ese futuro que tanto amenaza a los que creen ser
capaces de detener el tiempo. Latinoamérica también huele a amor, a su
gente (sus fueguitos, si se me permite citar a un maestro), a candombes
y chacareras, a eternos carnavales. Y sin embargo han aprendido a
odiarse tanto entre hermanos porque los han convencido de que el mundo
es rubio y europeo. En Argentina, el que en otro país es un triste
sudaca, pisotea la dignidad del "bolita", del "paragua", sin pensar que
su pie presiona su propio rostro. Pero a pesar de eso, siempre hay
quienes entienden esa verdad, la verdad más pura: que Latinoamérica es
un atropello de abrazos. Y es por esto que, por sobre todas las cosas,
Latinoamérica huele a esperanza.
A Latinoamérica la cantaba
Violeta , la escribía Rodolfo, la sigue escribiendo Eduardo. Los
comandantes pasan y las revoluciones quedan, aunque más no sea
aferrándose con uñas y dientes a la utopía. La certeza de que hay otro
mundo posible aquí no se olvida, porque esta tierra fué expulsada del
mundo de los menos, de los titiriteros de una realidad mezquina,
realidad basura, realidad infierno.
A Latinoamérica le enseñaron
que debía ser ciega, sorda y muda. Le enseñaron que su lugar era abajo,
y por abajo no entendemos el sur. Por abajo entendemos la mugre y los
restos. Pero dejenme decirles, amos y señores de la humanidad entera,
que en el suelo hay raíces, hay semillas. Les recuerdo que bajo sus
baldosas crecen flores y lo que creen pisar es suelo fértil, tan
fertil, que son ustedes los que tienen miedo. Ustedes,
que son ni más ni menos que los seres despojados de toda luz que
inventaron el terror, que sembraron nuestro suelo de muertos, de madres
sin hijos, de hijos sin padres, de ilusiones rotas. ¡Miren!¡Pero miren
bien! Los hijos siguen vivos en sus madres, los padres siguen vivos en
sus hijos, la sangre en Latinoamérica no mancha el pavimento así
nomás. La sangre late con furia, revienta las venas, es la memoria
permanente de que hubo vida en el encierro.
Latinoamérica tuvo
hombres y mujeres que no se conformaron con lo posible. Se sabe tanto
pero tanto de lo posible...¿Y de lo imposible, qué decimos? ¿Qué
hacemos con lo imposible? Esos hombres y mujeres se nos fueron yendo,
pero abrieron laberintos en la tierra. Por esos laberintos nos
movemos, recorremos recovecos, nos levantamos porque duelen las
rodillas. Sabemos que ya no pueden dormir Nuestros sueños son sus
pesadillas.
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