viernes, 14 de marzo de 2014
Ventanas
Supo bien temprano que iba a huir de lo numérico y lo exacto, y que la vida para ella pasaría por contar historías, contarlas para sí, para otros, para quien quisiera escucharlas. Contar para entender, usar el relato como medio para desenredar los hilos de su mente delirante e imposible.
Una vez alguien sopló en su oído y la convirtió en las cuerdas de una guitarra, ni más ni menos que a ella, que tanto le costaba dejarse llevar. Desde entonces las historias se volvieron tan elásticas, capaces de contener mundos enteros en un detalle minúsculo.
Mandó todo al carajo más de una vez. Si, si, AL CARAJO, porque no hay otra expresión más contundente para referirse a ese momento en el que uno dinamita su existencia, quema todo, hasta los cimientos, y empieza a construir de nuevo. Por cada incendio, algún poema perdido (y algún poeta haciendo juego, susurrándo, obligándola a pasar noches enteras en vela, con los pies en la pared, que es su forma de pensar) Aprendió a ver el mundo con un par de anteojos que convierte todo en letra pura, en arte, en imaginación, en ilusión. Derrama letras sobre los seres que más ama, sobre su vida urbana, enloquecida,sobre el ocasional sosiego. A cada paso va chequeando el mapa, para ver si va siguiendo el camino de lo que sueña, y llega a una bifurcación, y vuelta a dinamitar todo, nueva hoja de ruta, y seguir. Llora un día, dos, tres y sigue. Nunca paró. se niega a parar porque sabe que a la vuelta de la esquina, como en los mejores cuentos, hay algo nuevo esperándola siempre. Hambrienta de novedad, sigue adelante escribiendo, limpiando heridas, tatuando en forma permanente sonrisas, instantáneas mixtas del alma sin descanso en medio de la ciudad.
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