Algunos amoríos son como cortarse los labios comiendo un chupetín, la famosa "paleta", "chupaleta", redonda y gigante, dulce hasta el final, cuando lastima las comisuras.
Tal vez sería mejor estimularse viendo una de Tarantino y dejar que tus sesos exploten a la par de, al menos, uno de los personajes de cada film. Vomitiva y escandalosa sensación de poder.
Hay hombres-niño que se van dejándote los labios rotos y malheridos. Los llamas de noche porque no entendiste que Peter Pan se queda para siempre en Nunca Jamás y las Wendy del mundo tenemos que crecer. Crecer, que después de todo no es tan malo, y descosernos la sombra de Peter de los hombros.
Pero así es la estupidez, tan infinita como la de los mosquitos atrapados en la escarcha, en la ventana del colectivo, durante la madrugada, condenados por querer encontrar su lugar en el invierno. Yo me empeño en atrapar mariposas y guardar celosamente porciones de verano para los días grises, para pintarlos con crayones, como me enseñó hace un tiempo un hada pequeña y revoltosa.
"Caballero, ¿sería tan amable de soltarse de mis rulos?"
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