miércoles, 5 de marzo de 2014

Polaroids

Un piso de madera prolijamente encerado y un silencioso caracol, arrastrándose

Un momento de gloria, con los brazos en alto,sonrisa, pecho abierto, sensación de poder.
(Es TAN difícil decirtelo en la cara)

Un beso apurado en un pasillo, una risa, un par de ojos que ruegan que se quede, que no se vaya nunca, nunca.

Rubiecita, chiquitita, acaricia despacio la panza de mamá. Y la caricia vuela, atraviesa toda su humanidad, hasta los cimientos donde tiembla una vida nueva. 

Él se quedó ahí, petrificado en la esquina, mientras ella se aleja y las lágrimas le corren por la cara. Un impuslo absurdo. Volver corriendo, media cuadra, besarlo por última vez porque, como buena escritora, tiene que darle un buen final a su propia historia.

Tan innecesario como llenar de sal las propias heridas.

Un departamento bañado de sol, presentándose, listo para convertirse en hogar.

Siete pisos en ascensor,siete, seis, cinco, las manos se retuercen. Cuatro, tres, dura, querer volver a subir, esconderse. Dos, palpita el corazón de la aventura. Uno, planta baja, chau, no hay tiempo. Y sale a recibir al rayo que la iba  partir en dos.

Él mata a la nostalgia con la pura indiferencia, mientras corre tras de deseos de cosas más que posibles, que se rozan con la punta de la lengua.

Ella se acerca saltando en un solo pie, se deja caer en sus brazos. Se siente protegida por primera vez. Van 3 años, 8 meses y 5 días que intenta saborear la sensación, seguir su rastro, para volver a encontrarla.

La risa de los amigos. Ésta está para un cuadrito, como cada noche compartida.

Se desenreda el collage y nos damos cuenta que vamos a explotar de querer hacer vibrar con las letras.

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