"Es inocente", se dice por ahí cuando alguien es visiblemente engañado, o no se adapta a las reglas del juego. Inocencia, de repente, es el carácter del crédulo, confiado, del que cree tan fervorosamente que el mundo está poblado de buenas almas que tiende la mano ciega a quien abusa de ello.
Pero para mi la inocencia tiene más que ver con la curiosidad, con rebuscarle cosas nuevas a los días más rutinarios, y con seguir teniendo un punto suave escondido en algún lado del cemento con el que insististe en bañarte y modelarte. Todos nos ponemos más duros, más recios, más guerreros...Y también más escepticos, cínicos, y hasta crueles. Pero en algún lado, perdido en el laberinto de café con leche de la mañana, en los discursos automáticos escupidos en el trabajo, en los pases de baile escondidos por la calle, en las sábanas mojadas de la madrugada, queda esa porción de inocencia tan intensa, tan buena fé, que hasta parece absuda. Absurda para un mundo absurdo que resuelve que la inocencia es el escudo caído, la cualidad que hay erradicar rápido antes de que te vuelva vulnerable. ¡El mundo sabe que el mundo odia lo vulnerable! Que se busca el tic-tac acompasado del reloj como un latido más perfecto que ese golpeteo, febril, en la boca del estomágo cuando viene un gran momento, lloviendo en nuestra cara.
El mío está escondido por mi nuca, abrigado entre los rulos.
Evito sus efectos, casi siempre, porque sí.
Dicen los que saben que el sólo roce vuelve niña a una mujer, aunque esté desnuda en la cama, sin alas a la vista ni un halo que la ilumine.
La palabra es el exceso de nuestra existencia sobre el ser natural
MP
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