Hacía 5 años que iban al mismo hotel, pero esta vez había algo nuevo: un piano de cola del color del alabastro, en medio del salón.
Luego de comentar los pormenores y detalles de la colocación del piano, se dispusieron a desayunar.
Los peones no se dan cuenta de que son peones. Son la línea de ataque, los primeros en morir, pero no lo saben. En secreto, quien comanda es un alfil.
-Que delicia encontrarse con ese piano, le da categoria al lugar.
-Se te está cayendo el pelo.
-Es verano. Cambio el pelo, como los gatos.
-Yo diría más bien de piel, como las vi...
-¡Shhhhh, ca-lla-te! Que no me puedo andar tocando un pecho acá.
-¿Un pecho? ¡Por Dios, mujer, decí te...!
La reina pasa bastante tiempo sola vaya uno a saber en qué torre, buscando consuelo a la desolación entre alfiles y caballos. La reina no discrimina.
Faltaba gente en la playa, y eso que era una quincena concurrida. Sobraba espacio y tiempo para hablar, pero no podían precisar si se trataba de buena o mala suerte.
-¿Qué querés que te diga? A mi no me gusta que se vaya.
- Eso es apego.
- Eso es café con leche. Pasame el azúcar.
En alguna habitación del quinto piso una doncella recibe un glorioso jaque mate. Huele a Channel y poca dignidad. En todos los tableros del mundo, el rey está escondido como una rata.
-Me aburro.
-Decime una cosa. Te lleve a pasear, tomamos helado, tenés cartera nueva. ¿De qué te aburris?
-De nada.
-¿No era que estabas aburrida?
- Si. De eso me aburro. De la nada.
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