Sean todos bienvenidos al entierro de mis demonios. No les guardo rencor, los despido con alegría, por cada traba, cada pisada en falso que me hicieron dar y de la cual me levanté, y seguí.
Vamos, ayuden, echemosle tierra encima a los miedos. A sus dientes de pirañas que se clavan en el estómago, que resisten, que persisten, que se entierran en la carne y en los versos. Fueron años de combatirlos en el papel, escribiendo, pensando, volcando veneno, sudor, la bronca y el mundo feliz que deseaba y deseo. Gracias por los servicios prestados, las rejas ya no me sirven.
Llenemos de coronas el ataúd prolijo de esa puta costumbre de sentirse menos, insuficiente, incapaz, imposible. ¿Menos que quién? ¿Insuficiente para qué? Las preguntas justas en el momento correcto.
Demos non-sancta sepultura a la careta absurda, de hierro, pesada, que nos cubre el rostro al descubrir el cuerpo. Que el orgasmo sea entrega y no duda eterna, dolor del después, no saber, no entender. Digamosle adios a la parálisis mental, a la inercia bruta de querer detener, a toda costa, el devenir del tiempo. Que el tiempo es cambio y si no es cambio estas muerto, tan muerto como mis demonios, que hoy se van, que hoy me dejan. Que afortunadamente me dejan. Que se van para siempre, entre ríos de espuma. Que corren como sangre. Los miro desde arriba. Ya tan lejos de mi cuerpo, sin poder quemar las venas. Impotentes y solos. Como todo miedo debería estar.
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