Es esta paradoja de saber que te tenes que levantar temprano, que estas cansada, pero no, no te dormís. No te dormís por la cosquilla, la puta cosquilla que te trae urgencias. La cosquilla que no espera, que directamente te exige, te interpela, te sacude. Tal vez no tenes demasiado para decir o hablaste con el cuerpo toda la tarde, bailando, fluyendo, sintiendo ritmo y cadencia y son y la sangre que te hierve, y la negra tiene tumbao. Pero igual es necesario.
No hay manera de negarse a esta clase de impulso y es entonces que de pronto te encontras desenredando las mil y un historias fantásticas que fuiste viendo hoy. Porque no paras de ver historias o algo, lo que sea, que valga la pena contar. Cuando sueñe el despertador mañana todo será confuso y tal vez la cosquilla ataque de nuevo, a mediodía, mosca de verano que te zumba, que te pide, que te hace ser palabras y estrellas y luces de colores en medio de esa porción de día gris oficinista y mentiroso. Porque también de eso hay que hablar, de los días grises oficinisticos de Buenos Aires en donde, si escarbas, también encontras luz y color y movimiento y la cosquilla. Las benditas/maldita/inciertas/inquietas/hermosas ganas de escribir.
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