lunes, 12 de agosto de 2013
A.S.A.P.
Si saltamos, capaz que llegamos al piso de un tirón, nos rompemos, reventamos, estallamos.Capaz que nos explota la burbuja, nos miramos y pensamos en el sinsentido de andar merodeando casi lado a lado, casi sin tocarnos, con meses que nos tiran de los pies.
O tal vez de golpe entendemos todo, los senderos bifurcados, el impulso irrefrenable de vernos, derrocharnos, mezclarnos, y después volver al mundo con un colorcito de menos, un tinte imperceptible gracias al cual el cuadro no es el mismo (pero ni nos damos cuenta).
Si saltamos, puede que mordamos algo más que polvo. Tal vez nos mordamos la lengua por hablar de más (y también de menos). Tal vez nos mordisqueamos uno al otro como intentando saber de que estamos hechos, haciendo en la carne lo que le hacemos al alma cuando nos medimos, luchamos, nos desafiamos. Cuando jugamos a ser más inteligentes que el otro, a tener el control de eso que hace rato nos lleva y nos trae, de eso que se ríe de nuestra divina arrogancia de pensar que somos jugadores mientras nos juega, nos idiotiza, nos embelesa, nos goza.
Quizás saltamos y no pasa nada. El sol sigue ahí, en su sitio. La gente no sabe que saltamos. Nos escupimos un silenciosos "¿Para qué?", con la mirada, y la vida sigue y ya nos da igual haber saltado.
Pero, ¿mirá si saltamos y ahí abajo está el abismo? ¿Y si ese abismo no da miedo? ¿Y si la caída libre es la patada, el empujón que precisamos? Tal vez saltamos y resucitan del cenicero las palabras muertas, se acorta esa distancia absurda que se recorta durmiendo en la misma cama, cuando la piel nos hierve y el corazón se enfría, poco a poco, hasta que ya no respiramos de sólo escucharnos respirar. Puede que saltemos y entendamos de repente cada paso, cada beso y cada "Chau". Puede que te des cuenta que elegi ser Mafalda en un universo repleto de Susanitas. Quizas te percates de que eso significa que tengo un corazón a media máquina, que practica poco el arte de dejarse ir. Puede que encontremos lo que no buscamos nunca, puede que nos busquemos de nuevo, como perros mal heridos jadeando en la noche, cegados por avenidas llenas de luz.
Pero si no saltamos, viviremos ciegos. Volveremos cada cual a su lugar, a quedarnos inmóviles como muñecos de cera, a vivir bajo las normas del dilema del erizo. Apoyaré las manos contra el vidrio y oiré a mi piel quejarse del frío, las manos cortajeándose con la certeza de que andar sin certezas te mantiene vivo. Si no saltamos nunca no vamos a saber, ni a creer, y lo que somos y fuimos será un crujido de hojas secas. Que parezca un accidente, que sea un impulso. Matemos al miedo de un salto limpio. Te espero abajo. Te espero al lado,
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