jueves, 11 de diciembre de 2014

Cosas simples.

La nena que viaja a mi lado en el 8 está dandole los últimos retoques a una carta de amor. Sí, de esas cartas de amor de primaria, esos amores que se sienten como únicos y últimos porque todavía, a nuestros ojos, el mundo es un compendio de príncipes azules por descubrir. Confieso que leí de reojo la carta completa, intrusa, curiosa, recolectora de historias, mientras la nena (sospecho que desconociendo mi afán de conocer su inocente obsesión) decoraba con pequeños corazones de fibrón verde un TE AMO, así, mayúsculo y colorido. ¿Cómo puede ser que con los años esas 5 letras se recarguen tanto de sentido? ¿Cómo es que con la edad la vamos reservando a unos pocos, a los que de verdad amamos? Y cuando digo "amar de verdad", ¿a qué me refiero? La respuesta se enreda en mi cabeza hasta cruzar la 9 de Julio cuando, finalmente, sonrío y susurro "es verdad para mí, para vos, y me basta."
La carta es anónima pero tiene algunas pistas:

"No soy Azul. Soy de 6to A, tengo el pelo negro y las uñas muy cortas."

Mientras recorro los pocos metros que me faltan para llegar a destino, pienso en lo divertido de ese misterio, lo lindo que sería jugar al admirador secreto, al enamorado distante. Después comprendo que en realidad lo hacemos todo el tiempo cuando aún no hay nada dicho entre dos, en la previa a los sucesos del amor adulto, amor que sin querer degradamos y roemos como un trozo de madera. Entonces pienso en mis propias notas invisibles, las que escondí celosamente bajo la manga, las nunca escritas:

"Soy petisa, tengo rulos y soy tan o más rara que vos. También soy escritora. Me voy a meter en tus letras."

"Soy petisa, tengo rulos y estoy muy confundida. Soy una presa. No te voy a querer mucho, pero me voy a querer más."

"Soy petisa, tengo rulos y hablo hasta por los codos. Siempre parezco recien bajada del colectivo. Me vas a romper el corazón en mil pedazos (mitad de la rayuela) y muchos meses más tarde (final de lal rayuela) te lo voy a agradecer."

"Soy petisa, tengo rulos y los auriculares más grandes de toda la fiesta. Ya te estoy dibujando con las pestañas. En unos instantes me vas a mirar de frente y me vas a mostrar por primera vez la sonrisa más hermosa de este mundo (y los que vendrán)."

Menudo triunfo trajo esta última, aunque ya no haga falta esconderse y sonrojarse por el patio del colegio.

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