miércoles, 8 de octubre de 2014

"Ah no, no sé, a mí no me interesa la política"

La forma más simple de desestimar esta respuesta sería afirmar que a la gente la política no le gusta, que es inculta, que no le interesa la situación del país, y una larga lista de etcéteras que desembocan, básicamente, en que la gente no está "capacitada" para comprender la trascendencia de la política. Pero aquí no se trata de una falta de capacidad, sino que se trata de una cuidadosa expropiación de la política, separada a nivel teórico de la vida cotidiana. Esta separación es la que da origen a una serie de mitos, o pequeñas porciones de sentido común, a saber:
  • La política es una cosa sucia: fíjense qué curioso que justamente aquellos aspectos de la vida humana que podrían habilitar espacios de libertad son inmediatamente estigmatizados como impuros. El sexo es un momento increíble de liberación del cuerpo, del deseo, y por ende se lo tematiza como práctica impura. Con la política sucede lo mismo. La política es por excelencia una herramienta de liberación colectiva. El ejercicio de la misma no tiene por qué ser, como suele considerarse, una actividad propia de individuos inescrupulosos. No implica solamente pura sangre fría sino que, como todo aspecto de nuestra existencia, requiere de pasión para cumplir con sus objetivos. No es ni todo cálculo, ni puro lucro, ni territorio exclusivo de los poderosos. Es algo para lo cual todos podemos llegar a desarrollar una habilidad. Pero claro, no basta con que la política se piense como sucia. Hay otro mito complementario.

  • La política es aburrida: este mecanismo es incluso más potente que el anterior. Equivale a afirmar: "Vos quedate tranquilo en tu casa mirando la televisión que mientras tanto nosotros, los gobernantes, nos hacemos cargo de este bodrio de discutir sobre economía y otras yerbas". Aquí ya tenemos dos cuestiones: por un lado, resulta absurdo seguir pensando que entretenimiento y pensamiento crítico son opuestos. Primero porque implicaría seguir creyendo que la gente es culturalmente tonta, que se cree todo lo que lee, que no saca sus propias conjeturas de lo que consume, y segundo porque inviste al acto de PENSAR de una solemnidad que no posee. Cuando uno piensa, discute, se esfuerza por dejar claros sus argumentos, propone alternativas posibles a la forma en la que el mundo se le presenta, hay en juego creatividad, sueños, es decir, cosas desordenadas, pirotécnicas, y no una simple seriedad acartonada. Pensar ES entretenido. Todo el tiempo elaboramos teorías, pero el arte del poder consiste en hacernos creer que el saber está "ahi arriba", que el único saber es el letrado, el perfil intelectual, el estudiante universitario, o simplemente el que se "dedica a" tal cosa. Esto nos lleva a otro mito.
  • PARTICIPAR es colocar un nombre en una urna: se nos ha convencido de que el único momento en el cual un pueblo puede INTENTAR dirigir su propio destino es eligiendo a un candidato para que gobierne durante cierto periodo de tiempo. El hecho de votar a su vez es victima de nuestro segundo mito: "Que bronca, mañana tengo que ir a votar, que aburrido, aguantar toda esa cola..." Entonces si el único momento de participación "oficial" resulta ser un tedio, es lógico que se genere desinterés respecto de lo que hay detrás. Pero lo más importante, lo peor y lo más triste, es que asi, poco a poco, la gente se vuelve partidaria de esa frase tan incordiosa que es: "Que ALGUIEN haga ALGO". Pero participar es otra cosa. Participar es : "HAGAMOS ALGO".
La política no se reduce a la formación de un partido ni a los escuetos contenidos de aquellas materias (de los 90 para acá) herederas de la antigua Educación Cívica. La política es, retomando lo dicho anteriormente, la llave de muchas puertas. Por ende los guardianes de esa llave la cuidan celosamente, se aferran a las riendas. Te convencen de que envenena el alma, de que no es interesante, de que lo normal es que otros esten a cargo porque estan más "capacitados". Pregunto, ¿capacitados para qué? ¿Para llevar a cabo la tarea de conducción de otros hombres? ¿Para responder a demandas en forma inmediata en lugar de derribar los cimientos de las mismas (para que en el futuro las necesidades puedan resolverse en conjunto, sin un poder superior al que rogar)? TODOS tenemos la capacidad de generar cambios, primero pequeños, algunos dirían que imperceptibles, pero cada vez más grandes, y concretos, y fuertes. La tarea creo yo es devolver la política a los sectores excluídos de ella y presentarla como lo que realmente es: un engranaje central de la máquina, el cuál debe romperse para que esa máquina vuele en pedazos. Hay que desenmascarar a la política y reconciliarla con el pueblo, con todos los pueblos, sacarla de su encierro partidario y llevársela a toda la gente. Llevarla, que quede claro, no es lo mismo que FORZAR A que sea un interés primario, sino generar acercamiento poniendola en contacto con la cotidianeidad. El día que eso suceda la posibilidad de liberación, por años dormida y enquistada, va a empezar a abrir los ojos...y a abrirNOS los ojos, también.

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