Es viernes y, como a todos, a la ciudad también le cuesta despertarse. Se despereza de a poco, sin apuro, porque es su último día de pasos apurados, de caras alargadas, de gente escupiendo endibliada a la rutina. Sabe que por la noche le tocará recibir cantares, alegrías, celebración de la vida misma que parece exaltarse y vestirse de fiesta a las 6 de la tarde del bendito viernes. Pero ahora, cuando el día apenas empieza, Buenos Aires se estira como un gato por los empedrados, pestañea en la madrugada, remolonamente se predispone al goce.
Ya lo dijo Eduardo, que somos todos mortales hasta el primer beso y el segundo vaso. Yo agregaría que la mortalidad también se termina la tercera vez que recorres una avenida en el silencio de la noche, y de pronto, entre la ciudad y vos hay una secreta complicidad. ya se entienden. No hacen falta horas de conversación en un café, ni siquiera es necesaria la palabra aunque siempre, huidiza, intrusa, se cuele en los vacíos de lo que no decimos. Con algunas personas pasa lo mismo.
...somos mortales hasta que un día, en el árbol que grabaste tu nombre, encuentras el suyo tambien, y ese corazón incompleto q dejaste sin concluir es al fin cerrado antes q la corteza tape tu nombre en soledad.
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