jueves, 6 de febrero de 2014

Qué tanto


Es que lo más bonito sería tirarse en el pasto a mirar estrellas, y se ven tan poco en Baires.
Siempre tenemos un lugar al cual volver, pero volver es ese verbo seguido de peros y quizás. Jodida la palabra pero y jodido volver, porque uno no sabe. Si, no sabemos. Capaz que nos quedamos. Capaz que nos arrepentimos de haber retrocedido, aunque sea unos pasos, aunque sea porque se nos olvidó algo.

Me olvidé algo en primavera. Se me cayó del bolsillo. Los duendes lo esconden de mí. 
Mi cabeza también está llena de duendes, y cuando salen a jugar todo tiene más sentido.

Me gustaba pensarme inocente y perversa como un mundo sin dioses, al decir de Joaquin. Hoy creo que tengo más de inocente, y no me da (tanta) vergüenza como antes. La inocencia te despega del suelo. 
Las palabras tienen esa cosa bonita, violenta, un batir de alas que te lleva exactamente a dónde estas buscando, que te encuentra cuando te perdés. Yo me encontré el día que eso que perdí se me cayó del bolsillo porque, claro, si no me encontraba, ¿cómo iba a encontrarlo?
Al final me dí cuenta que no perdí nada.
Era una excusa, para encontrarme yo.
El mundo está lleno de lindas excusas, como cruzarte la calle y tomar el subte en lugar del colectivo que te queda más cómodo (y uno sabe por qué). La excusa para escribir aparece siempre, bajo las baldosas, en los vagones de los trenes en los que hace tanto que no viajo, en la sonrisa de Catalina. Bajo la almohada guardo unas cuantas, para que me cuiden los sueños.

¿Y si todos estos garabatos son una excusa? ¿Y si adivinan para qué?

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