martes, 25 de febrero de 2014

Contradecir.

"Vos lo único que queres es ponerla", le dijo ella una mañana de noviembre, como quien no quiere la cosa, de una forma tan casual como si le estuviera preguntando cuántas cucharadas de azúcar le pone al café. Él esboza una media sonrisa pero no responde, fuma despacio su cigarrillo. "Ustedes piensan que nosotras no sabemos, pero sí. Conocemos la mentira, la sentimos. Ustedes la ponen y nosotras, perfectas mojigotas, nos conformamos con las migas."

En algún otro lugar de la ciudad, una mojigata supuestamente perfecta baja apresurada las escaleras del edificio. Él la sigue y no quiere que se vaya, la detiene en la puerta, la besa y ella mira de reojo el celular, anticipa el encuentro con amigas en el bar, se sube al taxi, se va. No quiere las migas, no precisa que la quieran, le hace falta una salida nada más. "Hola. Ya estoy yendo. Un pesado." Su vista se detiene en una esquina. "Venime a buscar. No me gustan esos tipos."

En la esquina de alguna avenida de Buenos Aires,  se juntan un grupo de tipos peligrosos. Pero amigos, no se confundan: el mundo es un peligro para ellos. El mundo les escupe en la cara, día tras día, y ellos se conforman con limpiarse la cara de mugre y desolación.
"¿Tu pibe fué al colegio hoy?"
" No, ¿para qué? Que no se haga ilusiones. El mundo no es para él, ¿vió?"

¿Y si yo te digo que también te equivocas? ¿Y si te digo que hablar en general es cualquiera? ¿Y si te cuento que el texto arrancó para un lado y terminó para el otro? ¿Y si te cuento que las sentencias son absurdas?

En algún rincón, un hombre llora por amor y un pibe sale de la calle. Las palabras los olvidan.

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