jueves, 11 de julio de 2013

INSOMNIAC

Voy colgando de un trapecio. Todo el tiempo. No tengo claro cuándo me subí.
Lo que me gusta de la vida de trapecista es tener palco privilegiado para ver estrellas. La adrenalina, el nunca saber, el a ver qué pasa. Me divierte la acrobacia, tirar la moneda, colgarme más alto, y más alto, y más alto. Apostar. Desafiarme y agarrarme de los pelos.
Pero ser acróbata da miedo.  ¿Y si me caigo qué pasa? ¿Ah? La respuesta es muy sencilla: TE ROMPES TODOS LOS HUESOS. 
Pero después pasa algo raro. Te levantas. Te sacudís el polvo. Decidis que no vale la pena vivir de otra manera que no sea en las alturas, jugueteando. Buscas tus piernas desparramadas, juntas despacio tu cabeza, te rearmas y te volves a subir. Llevo como tatuajes las caídas del trapecio, y me gustan. Diria que son simpáticas.Se ríen de mí y de todos mis vuelos. Incluso ahora me gusta colgarme de las rodillas, cabeza abajo, y todo en la tierra se ve tan chico y yo en el cielo me veo tan grande, tanto que nadie podría adivinar que mido un metro y medio y mis pies no llegan ni  a los bordes de mi cama.

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