sábado, 20 de julio de 2013

Tachuelas



Hi, I'm Juliet, and tonight I got scared of my hometown.

No sé si es que la noche estaba más oscura de lo que yo la recuerdo, si mis pies se sentían incómodos en las mismas veredas rotas o si el frío me empujaba con violencia hacia mi casa. O la casa de mis padres. O como quieran llamarla.

Pero la calle asustaba un poco (say what you need to say).
Me dan miedo los pibes, que no son tan distintos a mis viejos compañeros. Van con ojos de cordero arrancándose la piel a tiras, fumando el humo mientras nada pasa salvo ellos, y las chicas, con impecables minifaldas. Me da frío verles las piernas y un cosquilleo en los talones sentirles la energía de lo nuevo, de esos lugares a los que ya no pertenezco pero de los que sé bastante (llevo las lunas en una cartera y una campera de jean)
Son recuerdos como medallas de honor (llevo las dudas en el bolsillo del pantalón).

Al llegar a la esquina saludé con la mano a las mañanas de un febrero y tres febreros más tarde me encontré haciéndole morisquetas al ascensor (costumbre dichosa que la puerta de metal ya no me permite hacer). Ganas de llegar, de deslizarme sigilosa, de tomar litros de agua, de sacarme el maquillaje (clara señal de adultez), de buscar la remera vieja preferida. Pero esta vez, al usarla, ya no me hago pequeña. Me resulta raro al principio. Después veo que era lo natural, que las máquinas del tiempo de papel  son lo que queda, que ahora soy una mujer y no tiene remedio. Y aunque lo tuviera pienso que es enfermo pensar que te enferma ser mujer y libre. Que hacerse pequeños es para cobardes, que no es el mismo cuerpo ni la misma sed

Entonces descubrí que las verdades que buscaba no estaban en una mesa plagada de cartas en el patio del bar, en el sol que pegaba en la cara ni en la copa caída en el piso. Las verdades las encontré en un café helado y un pié roto. Rodaban bajo las patas de una gata mimosa y algo tramposa que trepaba a la cama (y a la espalda de su dueño) y competía conmigo en lucha desigual y arrebatada (porque bajo su dueño estaba yo). Las verdades que andaba necesitando andaban dando vueltas por la plaza bien al sur, en una terminal anciana de tanto caminarse, en una casa con piso que olía a algarrobo. Mis verdades se escondieron divertidas en la mañana, en la despedida silenciosa donde nadie dice que se está despidiendo pero todos los saben. Ahí donde dos se miran y mastican chicles de hasta luegos con la boca pastosa por la noche jadeada, apagan la luz y se dispensan un beso cordial antes de partir a la vida de cada cual, donde el otro se desdibuja.
Habia verdades colgando de las orejas de mamá y de las canas que se iban pintando en la cabeza de papá. Las verdades tan ansiadas me brotaban de los poros y se desparramaban por las avenidas anchas donde aguardaban para que las encuentre, pacientes, en los recovecos de los barrios porteños. Ante semejante descubrimiento, un puñado de verdades citadinas me cayó a los pies como un montón de bolitas de colores claros y brillantes. De vez en cuando se escapan cuando estornudo. Y está oscuro, y está frío, pero siembran.

Hi, I'm Juliet, and I'm no longer afraid of my own shadow.




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