La vi besar la botella con tal desesperación, queriendo consumirse eternamente, como ese cigarrillo que temblaba en su mano derecha. No entendía los puntos finales. Los rulos le colgaban sobre la frente y transpiraba aunque hacía frío. Se agachó para buscar los puntos suspensivos pero no había ni uno solo. Eso había sido todo, un espejismo, un descuido, una sombra.
A mí me da temor interrumpirla para que no me muerda, como esos perros rabiosos, pero la botella se sigue vaciando y unas ojeras oscuras le tiñen los ojos. Sé que sería muy fácil contarle que un día se va a dar cuenta de que los demonios se van más rápido bailando, que en el papel puede volcar todo el veneno, que es mejor que esto. La agarro por los rulos: "Sos mejor que esto". Trato de levantarla pero sus rodillas son de papel: "Basta, sos mejor." La recuesto en la cama. Susurra cosas raras. Me inclino hacia ella: "No paro de escucharlo." Se me hiela el corazón. Junto los pedacitos del espejo, me siento a esperarla en un rincón apartado, en una tarde de campo donde todo ya pasó, donde otros han pasado, donde ya entendió todo, donde ya no tiene miedo. La espero donde la cama donde ahora yace retorcida de dolor ya no es más que un punto negro de inconsciencia. La espero ahí donde ya entendió que nada es para tanto y tanto no lo es todo, donde ya sabe que la mejor de las curas es ponerse de pié y reírse del destino. Mientras la espero, que se yo, se me cae una lágrima. No sabe lo orgullosa que estoy de ella.
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